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Street Food: Latinoamérica destaca las delicias latinas en una serie documental.

En Arequipa, la presidenta ejecutiva, Fiorela Molinelli, y la exministra de Salud, Zulema Tomás, ponían orden luego de la intervención del Ministerio de Salud por el avance de la COVID-19 el último jueves, y en Lima, un poco aliviada de la pandemia, dedicaban su atención a un concurso de platos típicos latinos organizado por Netflix en Twitter.

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Como si se tratase de una copa América, hicieron competir los potajes símbolo de cada país, hasta que a la final llegaron el choripán de Argentina, la Tlayuda de México y el ceviche de Perú. La votación duró 24 horas, y con medio millón de votos contados, ganó la Tlayuda, una tortilla grande acompañada de palta, tomate, pollo o carne y salsa de chili, al ceviche en una literal final de fotografía.

Con este torneo virtual, una buena estrategia en redes sociales, Netflix promocionó su serie documental Street Food: Latinoamérica, hoy entre las 10 más vistas en Perú.

Esta producción contiene seis cortometrajes de media hora dedicados a subrayar las bondades de la comida callejera de Buenos Aires (Argentina), Salvador (Brasil), Oaxaca (México), Lima (Perú), Bogotá (Colombia) y La Paz (Bolivia). Al Perú le tocó el capítulo 4 con la historia central del chef, Tomás Matsufuji, o Toshi, y su restaurante “Al toke Pez” aderezando este relato con cocineros limeños de otros deliciosos potajes como los anticuchos, buñuelos y combinados.

STREET FOOD: YA NO ESTÁN

Ver estos cortometrajes con el estómago vacío es un error garrafal, porque al retratar estos potajes a nuestra memoria se vienen los sabores, olores y colores de una comida, por ahora, prohibida en las calles.

No hay duda que dentro de la comida callejera hay potajes de calidad internacional. Pero también es cierto que la COVID-19 los ha desaparecido por estos meses de las calles. Ya no está la vendedora de anticuchos en la calle a la que le comprabas al regresar a casa, luego de un cansado día de trabajo. Ni la señora de mandil blanco que vende la chicha de guiñapo en la esquina para refrescar la garganta en los días de intenso sol arequipeño.

Por eso al ver estos cortometrajes es inevitable pensar que sus negocios están entre sobrevivir o la ruina. No pueden trabajar como antes. Algunos se adaptaron y empezaron a vender a domicilio. Pero esta regla no se cumple con todos.

La pandemia, por lo menos en Arequipa, no da tregua y volver a observar calles con carritos humeantes en las noches será todavía una realidad lejana, pero no imposible. Porque tarde o temprano volverán a tomar sus lugares y llenar de alegría los estómagos vacíos.