Hay momentos que el sexo nos controla. Pero qué pasa si te controla todo el tiempo. Qué pasa si cada minuto piensas en sexo. Probablemente te de placer satisfacer esa necesidad, pero probablemente, también, te deje un sentimiento de culpa. Esa es la contradicción del sexo: te da placer, pero a veces te hace sentir culpable.
La fortaleza de la nueva obra de Lars Von Trier, La Ninfómana, no es el sexo, sino el drama de una mujer que se considera ninfómana. Una mujer que a lo largo de su vida no ha podido frenar ese impulso de tener sexo con cualquiera, a cualquier hora, en cualquier lugar y en cualquier momento.
La Ninfómana no es pornografía, ni una película erótica como Bajos Instintos o Obsesión Fatal. Esta película no te excita, sino te pone en el lugar de una ninfómana. Nos pone cerca de sus temores, confusiones y preguntas. No podemos negar que el sexo es bueno, pero qué pasa cuando rebasa los límites, o cuando no lo puedes controlar. Es muy duro.
La película que dura dos horas tiene un problema y es que quiere relacionar la historia con anécdotas como la pesca, la música u otro relato que sirva para comparar las aventuras de la ninfómana con la vida. Como si el director quisiera justificar, o dar una explicación, a este problema.
En comparación con Verguenza, de Steven Queen con Michael Fasbender, al mando del elenco, la película no solo retrata este problema, sino que va más allá, y quiere encontrarle una explicación más emocional, que científica. En Verguenza se muestra el caso, la adicción, como es, sin más ni menos para que el espectador saque sus conclusiones.
Si va ver La Ninfómana no se ruborice, no tiene nada malo, tiene mucho para hacerte pensar, sobre todo, cuando el sexo se convierte en un problema
Vayan al cine y saquen sus conclusiones.




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