En el camino, película mexicana y representante de ese país para el Oscar, retrata la vida sexual prohibida de los camioneros en un contexto donde el narcotráfico diseña sus rutinas.
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La cinta latinoamericana mezcla el sexo y la violencia. El filme huele a sexo sin caer en lo grotesco o pornográfico gracias a la insinuación de la cámara. No se trata de relaciones amorosas, sino casuales para aplacar las monótonas rutinas de los traileros mexicanos.
Solo cuando los protagonistas, Veneno y Muñeco, se encuentran aparece el erotismo. Desaparece el pragmatismo y entre ellos se construye una relación de amistad, protección y complicidad. Al final de la película cada espectador dirá si hubo amor, o esa frialdad del camionero empleada para aplacar la tensión de sus instintos.
Esta historia entre Veneno y Muñeco está condicionada por el narcotráfico, un elemento presente en películas mexicanas. Este contexto aparece violento, aunque tocando un punto poco discutido en el cine: la sexualidad prohibida de los narcotraficantes, esas relaciones que se saben, pero no se dicen, y cómo es que estos vínculos no se construyen sobre el amor, cariño y respeto, sino sobre el placer y lo utilitario de la relación cuya fecha de vencimiento viene cuando aparece el cansancio. El narcotráfico no tiene nada de romántico, ni siquiera en sus relaciones íntimas.
La película se interpreta con mucha complicidad entre los actores expresada en sus miradas. Las actuaciones de los protagonistas son contenidas, pero efectivas. No van más allá del dramatismo necesario para interpretar a sus personajes. Pero también hay mucho atrevimiento en sus escenas íntimas y un trabajo que pasa de lo sexual a lo romántico.
La imagen En el camino
Pero En el camino también es imagen, principalmente, en la primera mitad de la cinta. Por ejemplo, juega con las luces rojas de los camiones para las tomas de noche, y los primeros planos para construir la memoria de uno de los protagonistas. Hacia el final la película llega a los desiertos con la cámara alejada, para evitar la violencia explícita frecuente en películas narcos, y pierde la fortaleza visual de la primera parte de En el camino.
Otro detalle no menos importante es la información que aporta de la vida sexual de los camioneros. Los conductores no discriminan, recurren al sexo democrático para alcanzar el placer, ni buscan un espacio cómodo, sino uno que funcione: desde la cabina de un chofer hasta un taller de chatarra de camiones.
En el camino ofrece una mirada diferente del mundo del LGTBI, aunque la historia parece conocida en el cine —el macho que al inicio marca límites y luego cede a la seducción del joven gay—, incluso hay un momento en que luego de la primera experiencia entre ambos, el hetero ya no puede conectar con una mujer. Este truco no es nuevo y se emplea para subrayar que el «hechizo gay» funcionó. No obstante, en el balance final la cinta arriesga con sus imágenes e interpretaciones en esta secreta historia de carreteras.














