La industria porno tiene una nueva tendencia. Se trata de mostrarle a los usuarios rostros de mujeres que se parezcan más a las amigas que frecuentamos o a la vecina que vemos todos los días al comprar el pan. Buscan más rostros amateur, que trabajados con operaciones y maquillaje.
En esa línea se ha encontrado un buen negocio, que genera millones de visitas y millones de dólares. De este negocio se trata el nuevo documental de Netflix, Hot Girls Wanted, estrenado hace unas semanas en esta plataforma de Internet.
Lo que ofrece este material es interesante. Las muchachas, porque no pasan de los 20 años, seducidas por dinero y la posibilidad de viajar a cualquier territorio de los Estados Unidos, se ofrecen a ingresar a esta industria. Son chicas guapas, pero sin rostro de actriz porno. Y eso es lo que vende.
VIENEN SOLAS
Nadie las obliga, ellas vienen solas, y también se van solas. Al final es solo un negocio. El problema es cuando repara que no existe el dinero fácil. Se dice que es fácil porque el sexo es placentero. A quien no le gusta el sexo. A quien no le gusta dinero. ¿Por eso es fácil?.
Estas muchachas atraídas por la posibilidad de obtener una cantidad de dinero que no lograrán estudiando se involucran en esta industria. Y deben someterse a lo que les gusta, y a lo que no. Incluso a escenas humillantes.
Unas se adaptan, otras no. Lo interesante del documental es que muestra la historia de una muchacha, que viene de buena familia, sin aparentes apuros económicos y que probablemente por diversión llega al porno.
Lo bueno del documental es que ofrece las dos caras de la industria: lo rentable y lo degradante. Y que si bien se ofrece ganar miles de dólares, por unas horas de trabajo, se nota, por las imágenes, que el dinero no hace un cambio. Es como si todo siguiera igual. Al final el sexo tiene un rol social, y no lucrativo.


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