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Somos adictos. Unos se dejan llevar y otros pueden controlar la adicción. Nicky, por ejemplo, no puede.

Tiene en sus manos una buena cantidad de heroína, y decide, junto a Big Boo, venderla, pero su adicción le gana. Ella mismo lo reconoce: «no puedo venderla porque soy una adicta». Así que finge que la robaron y la esconde en otro lado. Incluso le miente al guardia Joel que iba a ofrecerla.

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Sin embargo el destino le tenía preparado otro plan. Esconde la droga en una caja que protege los florescentes y de repente cae al suelo. Esa droga la ven otras presas igual de adictas (una de ellas cree que su aparición responde a ruegos divinos) y se la llevan. Ya se imaginaran que pasa después.

Nicky alterada, porque no encuentra su droga, comenta el robo a Joel que iba a venderla y delata a esas adictas. Este agente va por ellas, las interviene y les quita la droga.

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Parece que el asunto está cerrado, pero esas reclusas lo delatan.

Caputo enterado de esta información realiza una inspección al taller de electricidad donde trabaja Joel. En el operativo encuentran un poco de heroína y lo acusan, sin embargo él, en una jugada rápida, acusa a Nicky. «Ella es la adicta» y le creen, dados sus antecedentes. «A máxima seguridad», ordena Caputo, y Nicky pierde por culpa de esa adicción que no quiere dejarla.

OTRAS ADICTAS

Mientras que Alex y Piper Chapman siguen enojadas hasta que intervienen en un taller de teatro. Aprovechan un ejercicio de improvisación para soltar toda la ira que tenía adentro, y Piper reconoce que aún es adicta a Alex, pese a que no fue una buena pareja y que la relación fue tóxica.

Finalmente Caputo encuentra una forma de evitar que cierren la prisión: venderla a una empresa, pero tiene que cumplir algunos requisitos. ¿Podrá?

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