retrato de una mujer en llamas

Una joven pintora fue contratada para retratar otra muchacha quien no quiere ser pintada en un cuadro porque tiene una razón: Su imagen será enviada a su futuro marido y acelerará un matrimonio no deseado, pero inevitable. En la película Retrato de una mujer en llamas (Portrait of a lady on fire), la pintora recurrirá al engaño para conocer esa cara misteriosa y dibujarla en una tela blanca.

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El interés de la pintora la llevará a conocer los rasgos físicos de su modelo, pero también los gestos de su compañera, su respiración y movimiento de las manos. No es que estas características la ayuden a su trabajo (o quizás sí), sino que en ese ir y venir inevitablemente termina conociendo mejor a la muchacha. Pero la artista no repara que también ha sido examinada por su modelo al milímetro.

Así nace una relación prohibida en tiempos en que la mujer ni siquiera podía elegir el hombre a tomar en matrimonio. La rebeldía era un camino estéril por esos años. Solo quedaba disfrutar ese fuego e inmortalizarlo.


Esos detalles son lo fascinante de la película, porque construyen esta relación, y cada palabra, gesto o historia utilizada tiene su presentación, desarrollo y final. Nos ayuda entender que el romance de ambas no es un fuego efímero, sino un amor duradero.

Retrato de una mujer en llamas es brillante

Retrato de una mujer en llamas, además, es una historia de mujeres que hace unos guiños a problemas que hoy preocupan a este género. Les dice a todas: la última palabra la tienes tú, nadie más que tú.

Céline Sciamma dirige una historia brillante, femenina, apasionada y coherente, donde cada detalle ayuda a construir una relación no deseada, pero inevitable. Recomendable.

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