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    Resumen

    Desde tiempos inmemoriales, los proyectos residenciales del barrio de Cabrini Green en Chicago se han visto amenazados por la historia de un supuesto asesino en serie con un gancho por mano al que se invoca fácilmente repitiendo su nombre cinco veces frente a un espejo. Hoy, una década después de que la última torre de Cabrini fuese derruída, el artista visual Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen) y su novia Brianna Cartwright (Teyonah Parris), se mudan a un apartamento de lujo de un barrio ahora irreconocible, repleto de millennials y de personas que, por lo general, desconocen su oscuro pasado.

    Crítica a Candyman de Nia DaCosta

    Candyman es una película de terror que incomoda con su discurso político bastante claro.

    Como sucedió con Huye (Get out), Candyman toma el problema racial en Estados Unidos para contar una historia de terror, aunque entrega resultados distintos.

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    La película toma la leyenda de un hombre que regalaba golosinas a niños a quien la policía confunde con un asesino y termina matándolo, para convertir esta premisa en una suerte de un vengador de afroamericanos.

    Como en su pasado fue víctima del abuso y racismo, entonces llega a nuestros días a tomar una nueva forma y ajustar cuentas con ellos que no son precisamente amables con los afroamericanos.

    A diferencia de Huye donde el racismo se convierte en un cuento de horror, se hace una denuncia descarnada de cómo la discriminación afecta a esta población, aquí alguien toma la acción y pide cuentas a los racistas o abusivos. Con este planteamiento se ofrece una propuesta que no oculta su intencionalidad política. Una premisa que saca roncha, incomoda y que probablemente no guste mucho a un sector de la audiencia que se perciba aludida.

    Una película así, en estos momentos, en que existe una tensión racial podría tener varias interpretaciones. Desde aquellos que la califiquen de valiente o que va en el sentido contrario de pedidos de reconciliación. Por eso creo que Candyman no será precisamente un filme que se olvide con facilidad.

    Como toda película de terror la historia se adereza con violencia, tensión e historias de pasados violentos que explican la ferocidad de la leyenda viva.

    Lo interesante de Candyman es cómo presentan su primera aparición en la película aprovechando bien los espejos. Le dan una imagen fantasmal, ágil y terrorífica que ayuda a entender al espectador la frialdad que viene dentro de este asesino.

    Al final no hay reconciliación, sino más muerte. Hay confusión narrativa porque al inicio queda claro que solo pide cuentas a los blancos, pero parece que los afroamericano podrían ser sus víctimas si se ponen su camino. Pero luego retornan a su espíritu de revancha y llega el final de la cinta.

    Candyman es una cinta que incomoda, donde el terror solo es una excusa que no esconde su discurso político.