«El oso» (The Bear), en su temporada final, dejó la terapia para enfocarse en la preparación de la comida, tal como ocurrió en sus primeras entregas. Precisamente, la historia de un chef intentando abrirse campo en la industria gastronómica llamó la atención por el ritmo, sabor y color de sus episodios.
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Las primeras temporadas de esta serie, disponible en Disney+, captaban a la perfección el estrés, la tensión, los gritos y la velocidad requeridos para preparar los platos en el tiempo calculado y que llegaran a tiempo a las mesas de los comensales. Lo curioso es que uno de los diálogos señala que se requiere «orden en el caos», lo cual es correcto; pero entre tanto grito, estrés y pelea, hay un orden en la cocina de El oso, hay un método que permite llegar con éxito a las mesas y lograr buenas reseñas. En ese sentido, las personalidades fuertes afloraban y chocaban constantemente, aunque esos conflictos activaban la evolución de los personajes.
Sin embargo, desde las temporadas 3 y 4, El oso se convirtió en una intensa terapia para los personajes. Si bien los creadores apuntaban a profundizar más en sus miedos y tragedias que en sus logros —lo que ayudaba a conocer mejor sus personalidades—, estos elementos terminaron por alejar la historia de la comida y de la fascinación que producía ese ambiente tóxico.
El Oso y el retorno de sus orígenes
Por eso es bueno que, en la temporada final, El oso regresara a sus orígenes al abandonar la intensidad psicológica para entregarse por completo a la cocina. Entonces, uno resulta fascinado con los colores, el orden y la edición rápida que transmite la dinámica de una buena cocina, acompañada de una destacada banda sonora a cargo del compositor Hans Zimmer.
Es cierto que los capítulos finales son predecibles, pero dentro de lo previsto se disfruta cuando llega el episodio 7 y el momento en que uno de los chefs alcanza la gloria. Ese episodio no es dramático ni exagerado, sino bien sazonado y acompañado de una fotografía elegante y nocturna.
Lo mejor que hizo El oso en esta temporada final fue dejar la intensidad y concentrarse en la cocina. Ya conocemos a los personajes y sabemos sus debilidades, por lo que no tenía sentido seguir profundizando en un aspecto ya explorado en temporadas anteriores.
El oso termina bien —lo que es poco usual en las buenas series: cerrar bien sus historias— y aprovecha para recordarnos que uno de los placeres que más disfrutamos se reviste de complejidad y amor.


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