Richard Linklater tomó doce años para rodar Boyhood. No demoró porque no tenía dinero o porque nadie quería distribuir su película, sino porque se le ocurrió la idea de filmar el desarrollo de un niño, su paso a la adolescencia y su llegada a la juventud. La aventura empezó en el 2002.
En este año, la cinta fue estrenada y el resultado es una acumulación de experiencias de un joven que crece a través de una cámara junto con su familia ficticia.
En este retrato vemos que su familia no empieza bien, no es la familia utópica o romántica con los padres perfectos que se quieren e hijos que destacan en cualquier ámbito en que se desarrollan, sino un grupo roto (o familia disfuncional, como muchos les gusta llamar).
La madre de Mason está separada de su padre y debe lidiar sola con sus hijos, aunque cuenta con las visitas esporádicas del progenitor. La mamá tiene claro que debe sacarlos adelante, por eso trabaja, vuelve a estudiar y vuelve a enamorarse, pero con los hombres no tiene mucha suerte. El padre, aunque ausente, juega un papel fundamental en el desarrollo de Mason porque de alguna manera le transmite seguridad y confianza.
Los pequeños, porque Mason, tiene una hermana, solo crecen y viven, y se someten a las decisiones de su madre, aunque no la cuestionan.
En Boyhood, todo es una lucha, y una experiencia, que se retrata a lo largo de dos horas y media. Una historia de una familia que por cuajarse debe pasar por muchas pruebas.
Que se contextualizan con acontecimientos que influenciaron, en su momento, en el desarrollo de las familias como las elecciones que ungieron a Obama como presidente, la guerra con Irak, y hasta la llegada de los libros de Harry Potter.
Además es inevitable retratar la tecnología cómo es que antes los padres llamaban a sus hijos por un teléfono fijo, y ahora se ven las caras a través de un celular gracias al Facebook.
La película también logra que nos identifiquemos con aquello que le pasa al personaje: como los cortes de pelo, las peleas de los padres, los amigos, y otros detalles que marcan nuestro crecimiento.
Pero además, e indirectamente, lanza algunas críticas contra los tiempos que se vieron y los actuales, como la pérdida de interacción por la llegada de las redes sociales, o que de alguna manera todo en nuestra vida esté predeterminado, o el abandono de nuestros padres al llegar a la universidad.
Y al final de la película queda la sensación que después de mucho remar, y mucho luchar, todo es feliz cuando los hijos se hacen seguros y dueños de su camino, gracias a la madre que decidió romper el círculo y darlo todo por los herederos, y también por el padre que logra una conexión con los hijos que los hace más libres, seguros e independientes. Final feliz para unos, y triste para otros porque el trabajo ya terminó.
Boyhood es una buena película, reflexiva, documental e interesante. Con justa razón cosechó elogios y la colocan como la favorita de la temporada de los Óscar, pero sinceramente no la veo ganar la estatuilla, aunque sí consiguiendo una nominación, ya que por alguna extraña razón la Academia no elige como ganadora este tipo de películas como Amor de Michael Haneke, o Las bestias del sur salvaje o El árbol de la vida; buscan otras opciones.
Sin embargo Boyhood no necesita un premio para quedarse entre las favoritas del cinéfilo.


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