Las mujeres de la película argentina Las mil y una de Clarisa Nava viven rodeados de un ambiente masculino y tóxico donde tienen que evitar sus acosos y agresiones.

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En este escenario se desarrolla un romance entre la inocente y juvenil Iris, con Renata, una mujer con más experiencia en la vida.

Las mil y una
Las mil y una de Clarisa Navas.

Hay una atracción evidente entre las dos remarcada en tomas largas de casi tres minutos donde la cámara no se pierde ni una palabra de su diálogo.

A través de Renata, Iris va conociendo más y aceptando sin problemas su sexualidad. Iris va cuidado, Renata la anima, pero Iris es más prudente.

Desafortunadamente en un barrio tan arisco, frío, sin color, tienen que guardar las formas. Llevar este romance a escondidas lo que supone, también, un riesgo.

Si el barrio es poco cálido para las mujeres, peor aún con aquellos de una identidad sexual diferente. Quienes son tratados sin respeto. Sometidos a faltas de respeto o vistos como objetos sexuales.

Hay dos hermanos gais que si bien reconocen su naturaleza son tratados, uno como un objeto sexual, y otro como un blanco de burlas como la escena en que un grupo de jóvenes lo humilla en un baile erótico realizado en un techo.

En Las mil y una, los abusos no se ven a través de golpes o palabras, sino a través del sexo al someterlos a situaciones irrespetuosas y humillantes.

Renata e Iris tienen libertad para conocerse. Hablar de sus intereses y también de sexo con palabras francas, que lejos de ruborizar importan, interesan y educan. Pero hacia el final viven en carne propia estas agresiones que pone en vilo su romance.

Lástima que un romance clandestino no tenga precisamente un final feliz. Es que la mayoría de películas LGTBI los finales no son precisamente de hadas, sino amargos. Te dicen: vive con intensidad, aunque te espera un epílogo poco prometedor. Desafortunadamente nuestra actual sociedad es responsable que se cuente este tipo de finales.

Una buena película que vale la pena ver en el Festival de Cine de Lima.