Mistura: Una película a medio cocer

Mistura empieza con fuerza, pero mientras avanza su historia no cuaja; queda a medio cocer.

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La protagonista es Norma (Bárbara Mori), una mujer de sociedad abandonada en la noche de Año Nuevo por su esposo, quien escapa con su amante joven, dejándola sola y llena de deudas.

Entonces, el chofer de Norma, Óscar (César Ballumbrosio), le aconseja iniciar un negocio. “¿Por qué no un restaurante?”, la anima. Norma lo piensa y acepta.

Ambos emprenden esta aventura culinaria, donde Óscar rebosa entusiasmo y Norma muestra dudas sobre la idea.

Y debería dudar, porque Norma parece no dominar la cocina. Hay una escena en la que aparece con un plato de carne quemada: había despedido a su cocinera y no le quedó otra que preparar su cena. Por esa secuencia podemos intuir que la cocina no es su fortaleza.

Sin embargo, la película fuerza la idea e intenta hacernos creer que ella es un prodigio culinario, cuando la verdadera estrella es un chef de ascendencia japonesa, cuya presencia resulta más anecdótica que crucial en la trama.

Ese es uno de los varios problemas de la película: no construye bien la historia. No quedan claras las habilidades culinarias de Norma. Ni siquiera está convencida de las bondades de la comida peruana: como personaje, detesta el olor del pollo, aunque adora el sabor de las frutas. En una entrevista asegura incluso que nuestra gastronomía no es sofisticada. Entonces, ¿cómo puede la cocina peruana ser motor de transformación para este personaje?

Otro ejemplo es el final de Mistura. Prefiero no señalarlo, pero ¿qué pistas, guiños o diálogos nos dieron para llegar a ese epílogo? ¿En qué momento sucedió ese cambio del que no nos dimos cuenta?

NO PARECE UNA PELÍCULA DE COMIDA

A ello debemos sumarle que, generalmente, las películas y series sobre comida despiertan hambre y se desarrollan en un ambiente de estrés. Eso no sucede aquí. Los olores ni los colores de la cocina nacional tienen tanto protagonismo como los arranques y engreimientos de la protagonista.

Mistura parece una oportunidad perdida para contar una historia de empoderamiento con ayuda de la gastronomía peruana.

No obstante, la fortaleza de la película está en sus imágenes: hay buena composición de tomas y un buen trabajo en la iluminación, aunque esta funciona mejor en exteriores que en escenas clave como las de la cocina. El nivel técnico, por sí solo, no basta para garantizar una buena película.

Por otro lado, Bárbara Mori está correcta al inicio, pero exhibe pocos recursos para evolucionar o transformar a su personaje hacia el final.

Mistura parece una oportunidad perdida para contar una historia de empoderamiento con ayuda de la gastronomía peruana.

La edad dorada: una historia de poder social y económico

Quienes disfrutan de películas o series de época gozarán con La edad dorada (The Gilded Age), la serie de HBO Max que va por su tercera temporada.

Detrás de esta buena producción están dos de los creadores de Downton Abbey, una serie ubicada en lo que se denominó la época dorada de la televisión norteamericana, que incluyó títulos como Breaking Bad y Juego de Tronos.

La edad dorada habla de transformaciones sociales en las élites, donde la vieja nobleza da la bienvenida a la nueva, forjada en los negocios y sin aparente interés por seguir las rígidas normas sociales de épocas anteriores.

Hay una lucha representada en la serie con mucha diversión y sarcasmo. Pero, en el fondo, existe un choque de fuerzas en el que lo nuevo se impone poco a poco con su propio modo de vivir y ver la vida.

LA SEÑORA RUSSELL

En ese sentido aparece un personaje clave, la protagonista de La edad dorada: Bertha Russell (Carrie Coon), una mujer aparentemente carismática, elegante y de buen gusto, pero ambiciosa.

Sus ganas de reinar en esta nueva sociedad son evidentes y no importa si hay que pagar o utilizar a la familia para sus fines. Lo importante es liderar este cambio social.

La historia de La edad dorada está más enfocada en mostrar cómo los personajes ganan poder social y económico.

Precisamente, la tercera temporada está dedicada a observar cómo su familia va admitiendo la esencia de su alma, y ello parece indignar a Bertha. Ella está convencida de que cada paso suyo busca apuntalar a su familia. Nada más falso. A Bertha solo le interesa ganar; el resto pasa a segundo plano.

Por otro lado, si tenemos que compararla con Downton Abbey, esta serie es menos inocente y romántica.

La historia de La edad dorada está más enfocada en mostrar cómo los personajes ganan poder social y económico.

Se nota una evolución en la que los personajes parecen empujar sus límites hacia los objetivos propuestos. En cambio, en Downton Abbey la historia desciende hacia un mensaje de solidaridad, fraternidad y amistad. Se resta malicia para sumar más nobleza.

En La edad dorada la trama parece encaminarse hacia un lado oscuro, escondido detrás de la pompa y el lujo de sus personajes, pero sin dejar de lado un humor fino y efectivo.

La edad dorada se va poniendo más interesante y es recomendable para quienes disfrutan de producciones históricas o de época. Además, podrán deleitarse con sus decorados, vestidos y peinados. Las tres temporadas están disponibles en HBO Max.

Los materialistas: El amor venció al algoritmo

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Lucy (Dakota Johnson) puede fichar a un futuro cliente en plena calle. Le pregunta si está soltero y le dice que puede ayudarlo a conseguir pareja. Ofrece este servicio como si informara sobre el clima o el precio de un producto. En Los materialistas, de Celine Song (Vidas pasadas), Lucy cree tener el algoritmo perfecto para encontrar al amor de tu vida.

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Pero no cuenta con que el amor tiene su propia dinámica y no se rige por fórmulas de programación. Hay coincidencias, sí, entre los hábitos de las personas, pero eso no necesariamente indica que serán la pareja perfecta en el amor. Quizás funcionen en los negocios o como roomies, pero para celebrar una vida juntos hasta el final de sus días, no.

Y eso lo vive la propia Lucy cuando hace match con su pareja ideal según el algoritmo (Pedro Pascal), pero se encuentra frente a su ex (Chris Evans), con quien tuvo una historia que, al parecer, no ha olvidado.

No es una mala película. Va en el tono de Vidas pasadas, la cinta anterior de Song; sin embargo, queda a medio camino.

Entonces, ¿qué debe hacer Lucy? ¿Guiarse por las coincidencias algorítmicas o por el amor? La respuesta a ese dilema pondrá a prueba sus creencias y tendrá consecuencias en su trabajo.

La cinta se asemeja a Hitch, de Will Smith. En ese caso no se hablaba de patrones, sino de técnicas para conquistar a cualquier dama. Pero, como sucede aquí, la química del corazón funciona caprichosamente, sin ajustarse a una fórmula matemática. Esa conexión simplemente fluye y luego se impone.

Si comparamos con esta película, la diversión está ausente en Los materialistas. No pretende convertirse en una comedia romántica ni en una historia de amor refrescante, sino en una reflexión en tiempos de aplicaciones que prometen tu media naranja y el amor eterno.

UNA REFLEXIÓN DEL AMOR ALGORÍTMICO

Sus diálogos ironizan y reflexionan. Sus imágenes encuentran intimidad, y sus silencios subrayan esas verdades sobre las relaciones que no siempre se dicen en voz alta.

No es una mala película. Va en el tono de Vidas pasadas, la cinta anterior de Song; sin embargo, queda a medio camino. A veces quiere ser un drama y otras una comedia. No se decide, pero ese detalle no impide que se disfrute su mensaje.

La hora de la desaparición: Una película que sale del molde

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Creo que La hora de la desaparición (Weapons) sale un poco del molde de lo que hemos visto en el género de terror en los últimos años.

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La película busca concentrarse más en la historia que en los recurrentes efectos del género para asustar al espectador. Al enfocarse en la narración, provoca mayor atención y, en consecuencia, un tenso suspenso.

Lo interesante es que la narración no es convencional, sino que adopta el punto de vista de hasta cinco personajes. A través de ellos se van desgranando las razones que motivaron la extraña desaparición de niños a una hora determinada de la madrugada.

Es como si el guion se contara por capítulos, al estilo de las series de televisión o streaming. Esto logra mantener nuestro interés por lo que viene después en los acontecimientos descritos.

Esta técnica nos hace involucrarnos más en la historia para llegar preparados a un final tan diabólico como gracioso. Nadie puede negar que ese cierre fue divertido; aunque ese villano se lo merecía, a muchos nos pareció gracioso.

La hora de la desaparición es probablemente una de las mejores películas del año y quizá una de las más innovadoras, construyendo una tensión que desemboca en un final que mezcla terror con humor.

Si bien hay innovación en el planteamiento del guion, también hay guiños a los elementos habituales del género de terror, como la violencia —miembros desmembrados o vómitos inevitables—. (¿Por qué los estadounidenses tendrán obsesión por los vómitos? No hay película en la que no aparezca uno).

En todo caso, no hay un abuso de estos elementos, sino una inclusión pequeña y precisa.

EXCELENTES INTERPRETACIONES

Todo ello permite que las interpretaciones destaquen, como la de Julia Garner en el papel de Justine, la profesora acusada de bruja pero interesada en resolver este extraño caso.

O la de Josh Brolin, popularmente conocido como Thanos, quien interpreta a Archer, el padre obsesionado con encontrar a su hija.

Tampoco podemos dejar de lado a Alden Ehrenreich, en el papel del agente Paul, quien ofrece un personaje hosco, torpe e interesado.

Pero creo quien se lleva las palmas es Amy Madigan, la antagónica, la villana. Ella hace un excelente trabajo y protagoniza una de las escenas más hilarantes de la película.

La forma en que está trabajada la película permite que estos buenos actores luzcan su talento y profundicen en sus personajes.

La hora de la desaparición es probablemente una de las mejores películas del año y quizá una de las más innovadoras, construyendo una tensión que desemboca en un final que mezcla terror con humor.

El conde de Montecristo: Una buen adaptación de la novela

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El conde de Montecristo, la última adaptación de la novela de Alejandro Dumas, llegó a Prime Video.

Esta película francesa dura tres horas y es una de las mejores adaptaciones de este libro que trata sobre la justicia y la venganza.

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La historia es bastante conocida: Edmundo Dantés escapa de la cárcel para vengarse de sus enemigos y recuperar el amor de la bella Mercedes.

Uno de los puntos a favor de esta película es la ambientación de la época en que se desarrolla El conde de Montecristo. Los decorados, los vestidos y los peinados te llevan en un viaje en el tiempo hacia ese siglo.

Aunque muchos ya conocen al menos el resumen de esta novela, la cinta se propone narrar con cierto suspenso varios tramos de la historia.

Como aquella escena en que Dantés escapa de la cárcel o cuando se cuenta la historia de un cofre descubierto en uno de los palacios del conde. Gracias a la buena construcción de estas secuencias, se mantiene la atención del espectador.

Aunque El conde de Montecristo dura tres horas, se disfruta. Los seguidores de cintas de época saldrán agradecidos con esta buena adaptación de la obra de Alejandro Dumas.

Además, la venganza se maneja con mucha precisión y todo parece jugar a favor del protagonista. Nada le sale mal: todo se ajusta a su plan maquiavélico para que, uno a uno, sus rivales caigan a sus pies.

No obstante, como se lee en la novela, Edmundo Dantés no pierde la nobleza y hay momentos en que muestra humanidad. También se le cuestiona, pues parece usar a las personas para alcanzar sus fines.

Esta versión no está tan romantizada como adaptaciones anteriores. Se me viene a la cabeza la película protagonizada por Jim Caviezel en 2002, donde además apareció un joven Henry Cavill, antes de duplicar su cuerpo para El Hombre de Acero.

En esa propuesta hollywoodense primó más la historia de amor que la de venganza. Todo apuntaba más al romance que a una acción de justicia. En este caso, hay más sobriedad para adaptar este clásico e intentar mantener la esencia de la novela.

Finalmente, aunque El conde de Montecristo dura tres horas, se disfruta. Los seguidores de cintas de época saldrán agradecidos con esta buena adaptación de la obra de Alejandro Dumas.

Happy Gilmore 2: Crítica a la película de Adam Sandler

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En esta época de la nostalgia, Netflix estrenó Happy Gilmore 2, secuela de la película de Adam Sandler estrenada en 1996. Con buen ojo, trajeron de vuelta esta cinta, hoy una de las más vistas en la plataforma.

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Para quienes no vieron el primer filme, es bueno subrayar que Happy Gilmore es el nombre del protagonista. Este tiene talento para jugar golf, pero no para dominar su irritable personalidad.

En la película de 1996, no tenía otro camino que aprender a tranquilizarse para conseguir dinero y, en consecuencia, salvar la casa embargada de su abuela.

Ahora, más maduro, viudo y con hijos, deberá involucrarse nuevamente en estos torneos deportivos para obtener dinero con el fin de pagar la escuela de ballet en París para su hija.

Oxidado y alcohólico, el reto será similar al de la película de 1996. Además de que el golf ya no es el mismo: se prioriza más el espectáculo que el deporte. Por lo tanto, tendrá que adaptarse a las nuevas reglas de esta disciplina.

Se percibe un personaje con muchas penas encima, pero interpretado por un Adam Sandler más sereno y menos gritón que en 1996. Se le nota más sosegado, dándole la dosis necesaria de irritabilidad a su personaje, sin caer en la exageración. Hay un cambio en el trabajo de Sandler.

No obstante, la película mantiene la misma esencia de su predecesora.

Hay una mejora y evolución hacia un mismo objetivo: divertir y entretener a quienes decidan ver esta película.

Aunque la nostalgia no se limita a revivir este éxito noventero, también trae de vuelta —aunque envejecidos— a la mayoría de actores que participaron en aquella cinta.

Además, se observa una diferencia notable en el nivel técnico: Happy Gilmore 2 luce más sofisticada que doméstica, con colores más vivos y trajes acordes a estos tiempos.

Hay una mejora y evolución hacia un mismo objetivo: divertir y entretener a quienes decidan ver esta película.

¿Y dónde está el policía?: Crítica a la película de Liam Neeson

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Treinta y siete años después del estreno de la primera ¿Dónde está el policía?, se estrena una nueva versión de esta comedia bajo el nombre ¿Y dónde está el policía?

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Como si se tratase de revivir un dinosaurio, se tomó el ADN de esa película y se resucitó una idea, con un buen actor, Liam Neeson, aprovechando este sentimiento pronostálgico restaurador que busca reeditar los buenos recuerdos ochenteros.

Probablemente, esta película sea recordada con mucho cariño por los cuarentones. Pero no estoy seguro de si este tipo de humor funcione con las generaciones jóvenes.

La nueva ¿Y dónde está el policía? no es un remake, sino un nuevo respiro en la franquicia que mantiene su misma esencia.

Este humor —principalmente absurdo, sarcástico y literal— intenta abrirse camino en estos tiempos de corrección política.

Evidentemente, hay un mejor nivel técnico comparado con la película de 1988, y el alma de esa cinta está vigente en esta nueva propuesta.

Quizá funcione mejor la primera parte que la última, pero en general, la película es buena, entretenida y bien pagada.

En cuanto a Liam Neeson, a quien hemos visto con más frecuencia en cintas de acción y venganza en los últimos años, se le nota suelto y cómodo en este papel.

Ni siquiera exagerado o caricaturizado, como podría pasar con este tipo de humor. Todo lo contrario. Está serio —en el buen sentido— y hace un buen trabajo con este personaje, recordándonos que es un actor con bastantes recursos.

Del mismo modo, el humor también sirve para lanzar críticas. Como en este caso, burlarse de los jerarcas tecnológicos y sus creencias. Es que los nuevos supervillanos son los dueños de plataformas tecnológicas que impulsan utopías peligrosas para la humanidad.

En ¿Y dónde está el policía? se habla de este peligro, pero con mucho sarcasmo, sin caer en el drama, la profundidad o el análisis.

Quizá funcione mejor la primera parte que la última, pero en general, la película es buena, entretenida y bien pagada. Tiene momentos icónicos, como la referencia a una de las escenas de Misión: Imposible y otra a Jack Frost.

Lo bueno de este regreso es que se le da una oportunidad a este tipo de comedias enterradas en el tiempo y hoy rescatadas por el cine, además de estar disponibles en plataformas como Netflix.

Morir de placer: una historia alocada de cáncer

Cuando el cáncer sentencia, se habla de lo último que quieres hacer antes de morir. A Molly Kochan se le ocurrió dejar a su esposo y tener el mejor sexo de su vida. Convirtió estas historias en un pódcast que se volvió exitoso y, en consecuencia, en la inspiración para la miniserie Morir de placer (Dying for Sex) de Disney+.

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La miniserie, protagonizada por la actriz Michelle Williams, describe el peculiar último deseo de la moribunda Molly, diagnosticada con cáncer terminal de mama.

El tono de esta producción se apoya en el humor más que en el drama. Hay momentos de reproches y pasados descubiertos que explican un poco el comportamiento actual de la protagonista. Pero el eje es cubrir estos deseos de la paciente con humor y madurez.

En ese sentido, la exploración del placer no va por los encuentros clásicos, sino que transita por deseos particularmente extraños e incluso sadomasoquistas. No obstante, Molly, el personaje de esta miniserie, parece disfrutarlo.

La miniserie en ningún momento se pone solemne. Por ahí no va su estilo. Lo importante es hablar con humor, aunque sin perder la profundidad del tema.

Morir de placer no se queda en la recreación del sexo casual y todas sus variantes, sino que profundiza en las razones de esta conducta, no necesariamente vinculadas al cáncer, sino a un pasado no sanado por la protagonista. Este elemento ayuda a conocer mejor a Molly y a disfrutar más su performance.

Michelle Williams es una actriz de riesgos, y hay varios papeles en el cine que avalan esta premisa.

En este personaje se le ve frágil por la enfermedad, pero liderando las escenas de placer con hombres sometidos a sus deseos. Que no los engañe su delgadez o delicadeza, porque detrás de esta imagen de niña débil hay una mujer con autoridad para quebrar lo prohibido.

A pesar de la perspectiva diferente para hablar del cáncer, siempre hay pequeños diálogos que critican al sistema de salud o a las relaciones maritales.

Sin embargo, la miniserie en ningún momento se pone solemne. Por ahí no va su estilo. Lo importante es hablar con humor, aunque sin perder la profundidad del tema.